"Y al final apareció, ¡pero cuán distinto al exultante vencedor que todos esperábamos!".
Eso escribió el británico Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, al ver a Dorando Pietri a 300 metros de la línea de meta durante la maratón de las Olimpiadas de 1908.
El famoso escritor estaba allí, en el recién estadio de White City de Londres, para cubrir la final de la carrera para el diario Daily Mail.
Y no pudo disimular la sorpresa al ver al que parecía que sería el ganador de la carrera: un escuálido confitero de Capri, Italia.
Era "un hombre pequeño con medias rojas", lo describió. "Una criatura diminuta con cara de niño".
- Lo que no le creyeron al autor de Sherlock Holmes
Pero no fue eso lo único que llamó la atención.
También se sintió conmovido por el tesón del hombre al que ya le fallaban las piernas.
Y sufrió con él los últimos metros, tal como se percibe en la trepidante crónica que escribió después.
Tensa espera
"Se tambaleó al enfrentar el rugido del aplauso", narró Conan Doyle. "Giró débil a la izquierda y trotó cansado por la pista".
"De repente el grupo entero se paró. Gesticulaban con desenfreno. Los hombres se levantaron.
¡Cielos! Se ha desmayado", hizo patente su sorpresa.
"¿Es posible que justo ahora, en este último momento, se le escape el premio de entre los dedos?".
Y es que eran los 200 últimos metros de una carrera que comenzó en el castillo de Windsor, en el condado de Berkshire, en el sudeste de Inglaterra.
La grada entera esperaba en tensión, y vigilaba que ningún otro atleta apareciera en su campo de visión antes de que Pietri se levantara.
"Cada ojo se deslizó hacia el oscuro arco (del que había emergido el confitero italiano). Aún no aparecía ningún otro (atleta), y se oyó un gran suspiro de alivio".
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Categoria: Deporte.




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